Alma de valija
Traslasierra, para desenchufarse
Chivitos, fiestas y artesanías en pueblos de pura cepa cordobesa
Domingo 31 de octubre de 2004 | Publicado en edición impresa
Hay más gente a caballo que en auto y sólo está asfaltada la ruta de la costa, la que bordea la sierra de Comechingones, con el cerro Champaqui, de 2887 metros. Las calles y caminos son de tierra; cabras, chivitos y vacas posan como en un cuadro de Luis Tessandori (1897-1974), que los pintó al aire libre mientras tenía allí su atelier que hoy es galería y museo.
Los gauchos serranos ni se bajan de su montado para comprar yerba en la pulpería que tiene la vieja foto del equipo de Boca con Carlos Bianchi, que se está amarilleando de nostalgia, entre aperos y fardos de pasto. Menudean las jineteadas y es imperdible la Caravana en mi pueblo, una fiesta con carros de panadería, burros leñeros, sulkies, carruajes antiguos, gauchos en general y forasteros acriollados deslumbrados al ver una enllantada de rueda de madera.
Parten de la venerable Escuela de Artes y Oficios de San Javier, creada y mantenida de su bolsillo por doña María de la Plaza, sobrina del ex presidente Victorino de la Plaza, a quien se debe la base de la extraordinaria calidad de los artesanos regionales.
Y culmina, con guitarreada, poemas y relatos, en el bello oratorio de Yacanto, rodeado de casas centenarias que hoy se están reciclando porque no son viejas, sino antiguas.
En Traslasierra, el porcentaje de arquitectos es el mayor que he conocido por hectárea y es una maravilla lo que hacen a partir de los buenos ladrillos de Las Tapias, que están entre los mejores del país. Vale agregar, al valorizar el pasado del ladrillo a la vista, que por estos lados pasaba el Camino Real en tiempos de la Colonia.
Un buen asado siempre es el fin de fiesta adecuado, acompañado con locro, humita, pan casero, chivo, chanfaina y postres en los que son especialistas, porque hacen dulce de leche de cabra, naranjas al chocolate, licores de frutas y hasta algunos con un toque de hechicería, o new age: sangre de ciruela robada en la noche o mordiscos de luna. Oficios en extinción.
Según los vecinos Susana Perea y David Castellano, que organizan la fiesta, es un homenaje a la gente que vivió acá y ha sabido conservar valores como la familia, el respeto hacia los ancianos y cosas que en otros ámbitos se perdieron.
De llaneros y aventuras
Frente a la plaza, ideal para la vuelta del perro, está la bella iglesia de San Javier con su campanario que se ve desde todo el valle. Justo al lado de la posada en la que durmió el general José María Paz, que hoy es una hostería como las que se van sumando junto a las cabañas en los faldeos.
En la Población (lindo nombre, aunque los apurados lo abrevien a Pobla), la naturaleza se hace aún más fuerte. Sobre una colina, a la que no resulta muy difícil llegar haciendo trekking por cuenta propia, se mantiene la piedra desde la que se preveían los ataques de los llaneros de Juan Facundo Quiroga, que se anunciaban por una polvareda temible al llegar al galope en las guerras civiles.
La vida es muy simple, ideal para los visitantes complejos (o acomplejados por las metrópolis) que quieran desenchufarse. El aire es más puro en los mil metros, y para los que buscan actividad hay turismo de aventura en los niveles bajo, medio y alto.
Comenzando por el senderismo y las bicicletas de montaña o en burrito, como es mi caso. Andar en camionetas 4x4 entre los cerros o en cabalgatas nocturnas en la Quebrada del Durazno o de Ambrosio para comer un asado de chivito bajo las estrellas.
Tan límpido es el cielo que durante años sirvió para rastrear los satélites artificiales. Y para los que estamos criados a palier, hay agua, electricidad y teléfono. Lo único que falta es Internet por banda ancha, como ya tienen en otros poblados de Córdoba, que no sólo ofrece arroyitos para el verano.
Por Horacio de Dios Para LA NACION
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